-EL ENTORNO-LAS MONTAÑAS

DEL HOMBRE

LA CULTURAANCESTRAL

POR SAÚL IRIGARAY

Belsetán y socio fundador de Las Feixas

Para Lupi y Zomi, hijos de estas montañas, siempre en mi corazón

LOS ORÍGENES

Los Pirineos, a pesar de su dureza, han sido habitados desde antiguo. En las montañas de Sobrarbe, nuestro territorio, así lo evidencian las sorprendentes pinturas rupestres descubiertas en 2018 en sendas cuevas de las faldas de Monte Perdido y los diferentes monumentos megalíticos de la zona como el famoso Dolmen de Tella o los crómlechs de Salcorz (Bielsa), valle del Ara y valle de Chistau.

Estas muestras del arte primigenio corresponden al Neolítico (del 7.000 al 3.000 AC aprox.), y fueron realizadas por una sociedad de cazadores, recolectores y pastores, pues en esta época ya habían desarrollado la ganadería. De hecho, muchos de los caminos que vas a pisar en este trekking fueron trazados por estos hombres y sus rebaños en su devenir trashumante por la montaña buscando los mejores pastos. Las pinturas de Góriz, a día de hoy, son la muestra de arte rupestre a mayor altitud de la península y posiblemente de Europa.

Tras siglos sin apenas documentación histórica, se sabe que los romanos explotaron minas de plata y plomo en las montañas del valle de Bielsa. Sobrarbe, tal y como lo conocemos hoy en día, surgió tras la Marca Hispánica de Carlomagno frente al Islam como uno de los condados aragoneses que posteriormente darían forma al Reino de Aragón en el 1035. De esta época encontramos numerosos ejemplos de iglesias y ermitas románicas y pre-románicas en todo el territorio, o el fantástico monasterio de San Victorián bajo la Peña Montañesa.

Foto: pintura rupestre en Ordesa (GAAM)

LOS ORÍGENES

Foto: pintura rupestre en Ordesa (GAAM)

Los Pirineos, a pesar de su dureza, han sido habitados desde antiguo. En las montañas de Sobrarbe, nuestro territorio, así lo evidencian las pinturas rupestres halladas en las faldas de Monte Perdido y los monumentos megalíticos de la zona como el famoso Dolmen de Tella o los crómlechs de Bielsa, valle del Ara y valle de Chistau, correspondientes al Neolítico.

Tras una larga época sin apenas documentación histórica, se sabe que los romanos explotaron minas de plata y plomo en las montañas del valle de Bielsa. Sobrarbe, tal y como lo conocemos hoy en día, surgió tras la Marca Hispánica de Carlomagno frente al Islam como uno de los condados aragoneses que posteriormente darían forma al Reino de Aragón en el 1035. De esta época encontramos bellos ejemplos de arte románico.

UNA SOCIEDAD PASTORIL

Al igual que en el Neolítico, los antiguos montañeses salieron adelante en este difícil entorno a base de ganadería y agricultura. En verano subían al ganado a los puertos de montaña y en invierno se exiliaban a Los Monegros y la ribera del Ebro, por las viejas rutas trashumantes, buscando tierras libres de nieve. Al mismo tiempo, alrededor de las minúsculas poblaciones nuestros antepasados transformaron el paisaje arañando terreno al monte a base de campos, fajas y bancales para cultivar leguminosas y, sobre todo, trigo, principal base de su subsistencia: pan y agua. Pequeños huertos aportaban hortalizas y patatas, y la caza y la pesca completaban esta economía de supervivencia, pues aunque este añejo estilo de vida parezca muy idílico, era extremadamente duro y no faltaban el hambre y la miseria.

La tala de madera para su posterior transporte fluvial por los ríos pirenaicos y el Ebro hasta el Mediterráneo mediante nabatas (balsas de troncos), el contrabando con Francia y la continuidad de la minería también ayudarían lo suyo a esta economía básica. Ya en el cercano siglo XX, las centrales hidroeléctricas y el turismo acabarían de conformar la actual vida de estos valles. Afortunadamente, a día de hoy el ganado sigue manteniendo y transformando nuestros paisajes de montaña.

Este antiguo modo de vida de pastores, condicionado por la abrupta geografía y los ciclos de la naturaleza, daría origen a un compendio de creencias, ritos y manifestaciones culturales que forjaron una identidad y cultura propia en estas montañas, aunque a la vez con maravillosas singularidades en cada valle por el aislamiento geográfico.

Foto: pastor en Pineta

UNA SOCIEDAD PASTORIL

Los antiguos montañeses salieron adelante en este difícil entorno a base de ganadería trashumante y agricultura. En verano subían al ganado a los puertos de montaña y en invierno se exiliaban a Los Monegros y la ribera del Ebro, por las viejas rutas trashumantes, buscando tierras libres de nieve.

Al mismo tiempo, alrededor de las minúsculas poblaciones nuestros antepasados transformaron el paisaje arañando terreno al monte a base de campos, fajas y bancales para cultivar leguminosas y, sobre todo, trigo, principal base de su subsistencia: pan y agua.

La tala de madera, el contrabando con Francia y la continuidad de la minería también ayudarían lo suyo a esta economía básica. Ya en el cercano siglo XX, las centrales hidroeléctricas y el turismo acabarían de conformar la actual vida de estos valles. A día de hoy, afortunadamente, el ganado sigue manteniendo y transformando nuestros paisajes de montaña.

Foto: pastor en Pineta

LA IDENTIDAD MONTAÑESA

La relación del hombre con su entorno y el aislamiento geográfico de estos valles creó unas manifestaciones culturales propias que, aunque algunas se hayan perdido, afortunadamente muchas han llegado hasta nuestros días. En el subconsciente de los montañeses aún perdura la creencia en la existencia de brujas, maldiciones telúricas, obras del diablo, animales sobrenaturales y hasta gigantes moradores de bosques, cuevas y peñas como Silván o Chuanralla.

En los diferentes carnavales de Sobrarbe se celebra año tras año el fin de la oscuridad del invierno y el resurgir de la vida con la primavera, el dominio del hombre sobre la bestia o conceptos como la fecundidad y la pureza representados en sorprendentes personajes como las trangas, las madamas y los onsos del Carnaval de la valle Bielsa.

En Chistau, Es Trucos de San Antón celebran la vuelta del ganado tras la trashumancia (algunas voces lo relacionan también con el rito de ahuyentar a malos espíritus mediante el ruido de los cencerros) y la Falleta de San Chuan nos transporta a épocas antiguas en las que se veneraba al Sol como propiciador de un futuro mejor gracias al fuego que todo lo purifica.

La arquitectura popular, la artesanía, la gastronomía, la música poderosa de la gaita aragonesa, canciones y danzas, los vistosos trajes tradicionales y nuestra propia lengua (el aragonés, con distintos dialectos según los valles) completan este universo que, como hemos visto, nació con los primeros hombres, y es que hasta no hace tanto el pelo aún se cortaba según las fases de la Luna.

Foto: Tranga del Carnaval de Bielsa

LA IDENTIDAD MONTAÑESA

Foto: Tranga del Carnaval de Bielsa

La relación del hombre con su entorno, condicionado por los ciclos de la naturaleza y el aislamiento geográfico creó unas manifestaciones culturales propias que, aunque algunas se hayan perdido, afortunadamente muchas han llegado hasta nuestros días. En el subconsciente de los montañeses aún perdura la creencia en la existencia de brujas, maldiciones telúricas, obras del diablo, animales sobrenaturales y hasta gigantes moradores de bosques, cuevas y peñas como Silván o Chuanralla.

En los diferentes carnavales de Sobrarbe se celebra año tras año el fin de la oscuridad del invierno y el resurgir de la vida con la primavera, el dominio del hombre sobre la bestia o conceptos como la fecundidad y la pureza representados en sorprendentes personajes como las trangas, las madamas y los onsos del Carnaval de la valle Bielsa.

La arquitectura popular, la artesanía, la gastronomía, la música poderosa de la gaita aragonesa, canciones y danzas, los vistosos trajes tradicionales y nuestra propia lengua (el aragonés, con distintos dialectos según los valles) completan este universo que, como hemos visto, nació con los primeros hombres, y es que hasta no hace tanto el pelo aún se cortaba según las fases de la Luna.

UNA TIERRADE LEYENDA

La tradición oral en este territorio jugó un papel fundamental en la transmisión de las creencias y tradiciones, generación tras generación, hasta nuestros días. En las viejas cocinas pirenaicas, alrededor del fuego, los montañeses recordaban las historias y leyendas de esta sorprendente tierra. La sobria pero bella arquitectura popular, adornada con infinidad de símbolos protectores tallados en la piedra de puertas y ventanas, o los espantabrujas de las chimeneas, nos recuerdan un tiempo en el que brujas y malos espíritus sembraban el miedo en las aldeas de montaña. 

Cuentos populares advertían a los más pequeños de la casa de los peligros del monte, pues salvajes (y malvados) gigantes como SilvánChuanralla o L’hombre Mataire habitaban estos montes. Gracias a los frecuentes y desafortunados encuentros con lobos y osos enseguida surgieron cultos, mitos y leyendas en torno a estos animales, aunque debido a sus ataques al ganado acabarían relegados a la condición de bestias y alimañas provocando su triste extinción.

El mismo origen de Sobrarbe está rodeado de leyenda, pues se debe a la milagrosa aparición de una cruz de fuego sobre una carrasca. El cristianismo, como en todas partes, conquistó y asimiló muchas veneraciones paganas, por eso no es raro que estas montañas estén salpicadas de ermitas ubicadas en lugares perdidos gracias a fabulosas apariciones de vírgenes o milagros de diferentes santos, que no son otra cosa que el vestigio de cultos anteriores.

Cuentos siniestros que se pierden en la oscuridad de los tiempos como el de Silván de la Peña, historias de épocas medievales como El Siñor de San Chuan o La Brecha de Roldán y relatos más recientes como El zaguer onso de Pineta (el último oso de Pineta) convierten a estas montañas en una auténtica tierra de leyenda.

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